Del mito a la posverdad: una reformulación de la teoría semiológica de Roland Barthes para el análisis de la legitimidad política en la era digital
Existe una escena
intelectual que merece ser imaginada: París, finales de la década de 1950, un
joven Roland Barthes observa anuncios publicitarios, revistas ilustradas,
luchas de catch, fotografías de soldados y automóviles relucientes. Lo que
descubre en su devenir no es simplemente una serie de objetos culturales,
descubre un mecanismo sistemático y definitivo: detrás de aquellas imágenes
aparentemente inocentes opera una máquina ideológica cuya función consiste en
transformar la historia en naturaleza. El mito, dirá Barthes en Mythologies
(1957), es precisamente eso: un sistema de significación capaz de vaciar los
fenómenos de su historicidad para presentarlos como evidentes, inevitables y
naturales.
Setenta años después, presiento,
el escenario ha cambiado radicalmente. Las revistas han sido sustituidas por
plataformas digitales; los periódicos, por flujos ininterrumpidos de
información; los grandes emisores, por redes algorítmicas que producen,
distribuyen y personalizan contenidos a una velocidad inimaginable para la
sociedad de masas que Barthes analizaba. Sin embargo, la pregunta fundamental
permanece intacta: ¿cómo se construye la legitimidad política a través de los
signos?
La cuestión adquiere una
urgencia particular en la era de la posverdad. Ya no discutimos únicamente
sobre ideologías, discutimos sobre hechos, sobre la propia naturaleza de la
realidad, sobre aquello que merece ser considerado verdadero. En este contexto
emerge el problema central de este ensayo: ¿la teoría del mito elaborada por
Roland Barthes permite comprender la producción contemporánea de verdad
política o es necesario construir una nueva teoría de la significación para la
era de la posverdad? La hipótesis que aquí se defiende es clara: la posverdad
no reemplaza al mito descrito por Barthes; constituye su radicalización histórica.
Mientras el mito naturalizaba ideologías, la posverdad naturaliza realidades
emocionalmente eficaces mediante dispositivos tecnológicos, algorítmicos y
mediáticos. No estamos frente a una ruptura epistemológica absoluta, sino
frente a una mutación. El mito no desaparece, se digitaliza, sería mi propuesta.
Entonces, la importancia
de esta hipótesis reside en que permite realizar un auténtico salto
epistemológico respecto de Barthes. No se trata, subrayo, de aplicar
mecánicamente sus categorías al siglo XXI. Se trata de ampliar su legado, de
llevar su intuición semiológica hacia territorios que él jamás pudo anticipar.
La pregunta ya no es cómo los signos ocultan la historia, la pregunta es cómo
los signos producen realidad. Barthes sostenía que el mito funciona como un
sistema de segundo orden, un signo ya constituido se convierte en significante
de una nueva operación ideológica. El resultado es una apariencia de
naturalidad. Lo político desaparece detrás de la evidencia, lo construido
socialmente adquiere la apariencia de una esencia.
Su célebre afirmación
continúa siendo iluminadora: “El mito transforma la historia en naturaleza.” La
frase resume buena parte de la lógica simbólica del siglo XX. Sin embargo,
resulta insuficiente para describir el presente porque las sociedades digitales
no se limitan a naturalizar ideologías. Construyen entornos completos de
percepción: organizan emociones, seleccionan información, jerarquizan
visibilidades y modelan comportamientos.
La historia ya no es
únicamente disfrazada, es reemplazada y aquí aparece la figura inquietante de
Jean Baudrillard. Si Barthes fue el gran anatomista del mito moderno,
Baudrillard fue el profeta del simulacro. En Simulacra and Simulation (1981),
el filósofo francés planteó una tesis perturbadora: las sociedades
contemporáneas ya no viven rodeadas de representaciones de la realidad, viven
dentro de sistemas de signos que han sustituido la realidad misma. Baudrillard
escribió: “La simulación ya no corresponde a un territorio, una referencia o
una sustancia, es la generación por modelos de un real sin origen ni realidad.”
La observación resulta
extraordinariamente útil para comprender la lógica de la posverdad. Por ello, el
problema contemporáneo no consiste únicamente en que existan discursos falsos.
Lo verdaderamente novedoso es que amplios sectores sociales habitan universos
simbólicos autónomos cuya eficacia política no depende de su correspondencia
con los hechos: “La verdad deja de ser una condición de legitimidad, la emoción
ocupa su lugar”. Aquí resulta indispensable incorporar la reflexión de Hannah
Arendt para otorgar luces a nuestra reflexión. Mucho antes de la revolución
digital, Arendt comprendió que la política moderna podía entrar en conflicto
con la verdad factual. En su ensayo Truth and Politics (1967), advirtió
que los hechos poseen una fragilidad intrínseca frente a las narrativas
ideológicas. Arendt afirmaba: “Los hechos son más allá del acuerdo y del
consentimiento.” La frase parece sencilla, pero contiene una defensa radical de
la realidad compartida. Sin un mínimo consenso sobre los hechos, la
deliberación democrática se vuelve imposible. La política puede organizar
desacuerdos sobre valores, intereses o proyectos colectivos, no puede
sobrevivir indefinidamente a la desaparición de un mundo factual común.
Sin embargo, reducir el
fenómeno a una crisis moral sería insuficiente. Es necesario comprender sus
condiciones materiales de posibilidad y aquí entra en escena Shoshana Zuboff. En
The Age of Surveillance Capitalism (2019), Zuboff describe el
surgimiento de un nuevo régimen económico basado en la extracción masiva de
datos. Las plataformas digitales ya no se limitan a observar comportamientos,
buscan anticiparlos y moldearlos. La autora sostiene: “La experiencia humana se
convierte en materia prima gratuita para prácticas comerciales ocultas.” Este
punto resulta crucial para nuestra reformulación de Barthes. El mito clásico
operaba fundamentalmente sobre la interpretación. La posverdad opera también
sobre la infraestructura tecnológica que organiza la circulación de
significados. El proceso de significación ya no puede analizarse únicamente
desde la semiótica, exige incorporar economía política, teoría de medios y
análisis algorítmico.
La producción
contemporánea de verdad política se encuentra inseparablemente vinculada a
arquitecturas digitales diseñadas para maximizar atención, interacción y
rentabilidad, pero existe otro elemento que Barthes tampoco pudo prever: la
centralidad de los afectos. Aquí las contribuciones de Ernesto Laclau y Chantal
Mouffe adquieren una importancia decisiva. Laclau argumentó que las identidades
políticas no emergen exclusivamente de intereses racionales, se construyen
mediante articulaciones simbólicas capaces de condensar demandas heterogéneas
en significantes compartidos. Los llamados “significantes vacíos” funcionan
precisamente porque permiten movilizar afectos colectivos. La política, desde
esta perspectiva, no consiste únicamente en administrar hechos, consiste en
organizar deseos. Mouffe profundiza esta idea al sostener que el conflicto es
constitutivo de toda comunidad política, pretender eliminar las pasiones del
espacio público equivale a desconocer la naturaleza misma de la democracia. Lo
que observamos en la era digital es la convergencia entre semiótica,
afectividad y tecnología: “Los algoritmos privilegian contenidos emocionalmente
intensos, las emociones favorecen la viralización, la viralización produce
legitimidad y la legitimidad genera realidad política. Nos encontramos frente a
una nueva economía de la significación.
Finalmente, la reflexión
de Byung-Chul Han permite comprender el horizonte cultural de este proceso. En
obras como Infocracy (2021), Han sostiene que el problema contemporáneo
ya no es la escasez de información sino su exceso. La abundancia informativa no
conduce necesariamente al conocimiento, puede producir desorientación,
fragmentación y pérdida de criterios de verdad. Han escribe: “La información no
es verdad.” La frase, nuevamente, resume una de las paradojas fundamentales de
nuestro tiempo: nunca habíamos tenido acceso a tantas fuentes de información;
nunca había resultado tan difícil construir consensos sobre la realidad. Es
precisamente aquí donde emerge la propuesta original de esta investigación: “La
teoría de Barthes debe ser ampliada mediante un nuevo concepto: el de hipermito
digital”. El hipermito no se limita a naturalizar ideologías. Integra cuatro
dimensiones simultáneas: una dimensión semiótica, heredera del mito barthesiano;
una dimensión tecnológica, basada en infraestructuras algorítmicas; una
dimensión afectiva, vinculada a la movilización emocional; y una dimensión
performativa, capaz de producir efectos reales independientemente de la
veracidad de los contenidos.
Mientras el mito clásico
convertía la historia en naturaleza, el hipermito digital convierte la
percepción en realidad. Esta reformulación constituye el verdadero salto
epistemológico respecto de Barthes. Ya no basta con analizar cómo los signos
ocultan relaciones de poder. Es necesario comprender cómo los signos,
articulados con plataformas digitales, sistemas de vigilancia de datos y
economías de la atención, participan activamente en la producción de mundos
políticos. En este sentido, la posverdad no marca el final de la teoría
barthesiana, marca su momento de máxima expansión histórica porque el problema
fundamental sigue siendo el mismo que Barthes identificó en la Francia de los
años cincuenta: la lucha por definir aquello que aparece como natural. La
diferencia radica en que hoy la batalla ya no se libra únicamente sobre las
ideologías, se libra sobre la realidad misma y cuando la realidad se convierte
en objeto de disputa semiótica, la cuestión ya no es simplemente qué pensamos,
la cuestión es qué mundo estamos aprendiendo a habitar.
Al final, la pregunta que
atraviesa este recorrido no es únicamente qué ha sucedido con el mito desde la
publicación de Mitologías en 1957, sino qué ha sucedido con nuestra
propia relación con la realidad. Roland Barthes observó una sociedad en la que
la ideología se disfrazaba de naturaleza, nosotros habitamos una época en la
que la naturaleza misma parece haberse convertido en un efecto de discurso. El
desplazamiento es sutil, pero decisivo. Allí donde el mito burgués ocultaba las
condiciones históricas de producción de los significados, la posverdad digital
opera sobre una escala mucho más ambiciosa: interviene directamente en la
producción social de lo real.
Por ello, la teoría
barthesiana no ha perdido vigencia; por el contrario —he insistido en este ensayo—
se ha vuelto insuficientemente grande para explicar la magnitud de los
fenómenos contemporáneos. La lógica fundamental descrita por Barthes —la
transformación de construcciones históricas en evidencias aparentemente
naturales— continúa funcionando; sin embargo, ahora se encuentra articulada con
infraestructuras tecnológicas, sistemas algorítmicos, economías de la atención
y dispositivos de vigilancia de datos que amplifican exponencialmente su
capacidad de intervención política. El mito ya no circula solamente a través de
imágenes culturales, circula mediante arquitecturas digitales capaces de
seleccionar, jerarquizar y personalizar la experiencia de millones de
individuos en tiempo real.
En este sentido, la
posverdad no constituye una ruptura con la modernidad semiótica descrita por
Barthes, sino su radicalización histórica. “Si el mito naturalizaba ideologías,
la posverdad naturaliza entornos completos de percepción. Si el mito convertía
la historia en naturaleza, la posverdad convierte la emoción en criterio de
verdad. Y si la función tradicional de la ideología consistía en ocultar
determinados aspectos de la realidad, la función de los nuevos regímenes de
significación parece orientarse hacia algo más complejo y perturbador: la
producción de múltiples realidades concurrentes cuya legitimidad ya no depende
de la evidencia empírica, sino de su capacidad para generar adhesión afectiva”.
La advertencia formulada
por Hannah Arendt adquiere, desde esta perspectiva, una actualidad
extraordinaria. “Una democracia puede sobrevivir al conflicto, a la
polarización e incluso al desacuerdo profundo; lo que difícilmente puede
soportar es la desaparición de un horizonte factual compartido”. Cuando los
hechos dejan de constituir el punto de partida de la deliberación pública y son
reemplazados por narrativas emocionalmente satisfactorias, la política corre el
riesgo de transformarse en una competencia entre ficciones rivales. La cuestión
deja de ser quién tiene razón, la cuestión pasa a ser quién logra imponer una
versión más persuasiva de la realidad.
Es precisamente aquí
donde la reformulación de Barthes se vuelve necesaria. “El desafío intelectual
del siglo XXI —considero personalmente—ya no consiste únicamente en
desenmascarar los mitos de la cultura de masas, consiste en comprender los
mecanismos mediante los cuales los algoritmos, las plataformas digitales y las
economías afectivas participan en la construcción política de la realidad. La
semiótica debe dialogar con la teoría de los medios, con la economía política
de los datos, con la filosofía de la tecnología y con los estudios sobre
emociones colectivas. Solo así será posible elaborar una teoría capaz de
explicar cómo se produce hoy la legitimidad política.
Quizá el verdadero legado
de Barthes, finalmente, no consista en habernos enseñado qué significan los
mitos, sino en habernos enseñado a sospechar de aquello que parece demasiado
evidente. En una época saturada de información, imágenes y relatos
instantáneos, esa sospecha crítica constituye una herramienta intelectual
indispensable porque la pregunta fundamental ya no es qué mensajes consumimos,
la pregunta es quién produce las condiciones que hacen posible que ciertos
mensajes aparezcan como verdaderos. Y mientras esa pregunta continúe abierta,
la obra de Barthes seguirá acompañándonos, no como una respuesta definitiva,
sino como el punto de partida de una interrogación que la era digital ha vuelto
más urgente que nunca.
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