La inversión del gesto crítico: la paradoja del conservadurismo y la falsa insurgencia
X Josué Barrón
1.- La hegemonía cultural:
la pluralidad como desplazamiento del orden clásico
El progresismo cultural
emerge y se desarrolla cuando la izquierda —tras el desgaste de los grandes
relatos revolucionarios del siglo XX— desplaza el eje de la lucha desde la
economía política hacia la esfera simbólica. Inspirada en Gramsci, la Escuela
de Frankfurt y el posestructuralismo, la dominación ya no se entiende solo como
explotación material, sino como hegemonía cultural, normalización del deseo y
producción de subjetividades.
Este giro tiene una virtud
indiscutible: revela que el poder no opera únicamente en fábricas o
parlamentos, sino en el lenguaje, el cuerpo, la sexualidad, la estética y la
vida cotidiana. Sin embargo, también introduce una tensión estructural importante
y en debate en la actualidad: cuando la cultura se convierte en el eje central
de la acción política, existe el peligro de que la política se desligue de los
conflictos materiales reales como economía, trabajo, desigualdad, condiciones
de vida. Este desplazamiento produce que la emancipación deje de pensarse como
una transformación concreta de las estructuras sociales y pasa a reducirse a
una lucha por el lenguaje, los significados o los símbolos, es decir, a una
disputa principalmente discursiva.
El progresismo cultural
sustituye, entonces, al sujeto colectivo clásico (la clase) por una
constelación de identidades: género, orientación sexual, etnicidad,
corporalidad, neurodiversidad. Filosóficamente, esto supone un tránsito desde
una ontología estructural a una ontología fragmentaria y relacional. Este
desplazamiento tiene un mérito ético: reconoce la pluralidad de experiencias
históricamente invisibilizadas. Pero también encierra un problema político
profundo: cuando la identidad deja de ser medio de politización y se convierte
en fin en sí misma, la crítica social se repliega sobre el reconocimiento
simbólico y pierde su capacidad universal. Desde parámetros hegelianos puedo
concluir: el reconocimiento sin mediación institucional ni proyecto común
degenera en lucha narcisista por la visibilidad.
Por ello, uno de los
rasgos más problemáticos del progresismo cultural es la moralización del
espacio público. La política deja de ser el ámbito del disenso trágico y se
transforma en un tribunal ético: lo correcto frente a lo incorrecto, lo
sensible frente a lo ofensivo. Ante lo afirmado se produce una inversión
paradójica: una izquierda históricamente crítica del poder normativo termina
produciendo nuevas ortodoxias morales, con sus propios tabúes, herejías y
excomuniones (cancelación, silenciamiento, expulsión simbólica). Desde una
perspectiva arendtiana, esto implica, vuelvo a concluir, la destrucción del
espacio político como lugar de aparición plural y su sustitución por una
pedagogía moralizante que no convence, sino que disciplinariza.
Ante lo argumentado afirmo
que el progresismo cultural se funda en una noción de progreso sin horizonte
final. No hay emancipación definitiva, solo una ampliación constante de
derechos, sensibilidades y categorías. Cada conquista genera nuevas demandas,
nuevas micro-opresiones, nuevos lenguajes. Este dinamismo tiene una fuerza
crítica, pero también produce fatiga social y una sensación de inestabilidad
normativa permanente. El progreso, al carecer de “telos”, se vuelve
performativo: avanzar ya no es mejorar la vida material o fortalecer la
comunidad, sino demostrar adhesión simbólica al cambio.
Walter Benjamin advertía
que el progreso sin redención puede convertirse en una tormenta que acumula
ruinas —construyo la paráfrasis desde la descripción que hace del Ángel de la
Historia, inspirado en el cuadro Angelus Novus de Paul Klee. El ángel mira
hacia el pasado y ve una catástrofe única que acumula ruina sobre ruina,
mientras una tormenta —que Benjamin identifica explícitamente como el progreso—
lo empuja inevitablemente hacia el futuro. El progresismo cultural corre el
riesgo de avanzar sin preguntarse hacia dónde ni para quién.
Toda vanguardia corre el
riesgo de convertirse en nuevo canon. El progresismo cultural, nacido como
crítica a la norma, tiende a institucionalizarse en universidades, medios, ONGs
y políticas públicas. Lo que ayer era transgresión hoy es protocolo. Aquí
emerge una ironía filosófica central y la que pasaré a explicar y es el tema
central de mi artículo: cuando el progresismo se vuelve sentido común
obligatorio, pierde su potencia crítica y genera “reacciones conservadoras” que
se presentan —no sin cinismo— como rebeldía antisistema. Así, la derecha cultural
ocupa el lugar simbólico de la disidencia, mientras la izquierda administra el
consenso moral. No porque la derecha sea emancipadora, sino porque la izquierda
ha confundido hegemonía cultural con transformación social.
2.- ¿Lo conservador una proclama
revolucionaria?: Política, cultura y la inversión del gesto crítico
Ante lo expuesto líneas
arriba, el escenario político contemporáneo se ha instalado una paradoja
anunciada entrelíneas: sectores de la derecha se autodefinen, ahora, como
revolucionarios —partícipes de la famosa Batalla cultural—, mientras
reivindican valores tradicionales, jerarquías morales o formas sociales
heredadas. Esta inversión semántica no es un simple recurso retórico, sino el
síntoma —pienso en Slavoj Žižek— de un desplazamiento más profundo en la
relación entre cultura, poder y conflicto político que deseo explicar amparándome
en la reflexión de varios teóricos.
Antonio Gramsci entendía
la hegemonía como la capacidad de una clase o bloque histórico de convertir sus
valores en sentido común, insistiré nuevamente en el concepto porque me parece
gravitante para desarrollar este acápite. Durante buena parte del siglo XX, ese
sentido común estuvo asociado a nociones de “tradición, autoridad y orden”.
Hoy, en amplios espacios institucionales y culturales, el consenso dominante se
articula en torno a valores progresistas: “diversidad, reconocimiento
identitario, igualdad formal, ampliación de derechos”.
Desde esta perspectiva,
la derecha ya no se percibe a sí misma como “guardiana del orden hegemónico”,
sino como oposición cultural. Defender la tradición aparece entonces como una
forma de disenso frente a lo que se experimenta como un nuevo conformismo. Lo
conservador se vuelve “rebelde” no por su contenido, sino por su posición
relativa frente al consenso vigente.
Michel Foucault, para
robustecer la reflexión, mostró que el poder moderno no opera solo por
prohibición, sino por producción de normas y subjetividades, reflexión que hemos
olvidado. Cuando discursos originalmente críticos se institucionalizan, dejan
de funcionar como exterioridad y pasan a configurar lo decible, lo legítimo y
lo esperable. En ese punto, la apelación al progreso puede convertirse en una
nueva forma de normalización. La derecha explota esta mutación: presenta al
progresismo no como emancipación, sino como moral oficial, y se arroga el gesto
de la transgresión.
Hannah Arendt, por su
parte, distinguía entre revolución como fundación de un nuevo orden político y
mera destrucción del existente. Gran parte de la autodenominada “revolución
conservadora” carece de horizonte instituyente: “no propone un futuro inédito,
sino una negación del presente acompañada de una idealización del pasado” (Trump,
Vox, Milei o Bolsonaro). Lo revolucionario ya no consiste en abrir
posibilidades históricas, sino en deslegitimar mediaciones, consensos y
lenguajes comunes.
Otro aspecto resaltante
es “la centralidad contemporánea del reconocimiento”, analizada por Axel
Honneth en su libro Kampf um Anerkennung (1992), que ha desplazado el
conflicto desde la redistribución material hacia la visibilidad y la identidad.
Friedrich Nietzsche, recordemos, permite leer este fenómeno en clave de
resentimiento: cuando ciertos grupos perciben que el reconocimiento se
distribuye de manera desigual, la crítica se dirige no al sistema económico,
sino al orden simbólico que define qué vidas importan. Así, la derecha
reformula su “agenda como una lucha por reconocimiento inverso”: la tradición
aparece como identidad excluida, y su defensa se convierte en acto de
autoafirmación.
Slavoj Žižek ha señalado,
para otorgar una reformulación de conceptos, que el capitalismo tardío absorbe
la crítica y la convierte en estilo. En este contexto, la rebeldía ya no
amenaza al sistema; se vuelve parte de su funcionamiento. “La derecha adopta
entonces una estética de la provocación, del lenguaje incorrecto, de la ruptura
simbólica, que simula radicalidad sin cuestionar necesariamente las estructuras
materiales del poder”, un ejemplo claro es el marketing político asumido por
Milei para llegar al poder. Por ello, Walter Benjamin advertía que el progreso,
concebido como continuidad automática, podía convertirse en una catástrofe que
acumula ruinas. La derecha retoma esta crítica, pero despojada de su dimensión
mesiánica y emancipadora. El progreso es denunciado no en nombre de los
oprimidos, sino en nombre de la pérdida de orden, sentido y tradición, esta
perspectiva la considero como la más gravitante para entender la consecuencia
de actitudes persistentes de la derecha después descuido conceptual de la
izquierda.
Finalmente deseo concluir
señalando que lo conservador se proclame revolucionario, en la actualidad, no
implica una inversión real del proyecto político clásico. Se trata, más bien,
de una revolución discursiva, donde el gesto crítico se desplaza del plano
material al cultural, y la ruptura simbólica sustituye a la transformación
estructural. Por ello, insistiré que la paradoja no reside en que la derecha
critique el presente, sino en que esa crítica adopte el lenguaje de la
emancipación mientras preserva —o incluso refuerza— las bases del orden social
existente. En este sentido, más que una revolución, asistimos a una
reconfiguración del conflicto, donde la política se juega cada vez más en el
terreno del significado y cada vez menos en el de las condiciones materiales de
la vida.
Buen análisis... aunque quizá se esté sobre valorando el discurso progresista, quizá sea este solo un eslabón, una molécula, de una cadena más grande, integrancionista, que hay que empezar a ver (quizá 'la revolución molecular' de Guattari, ayude un poco en ese intento).
ResponderEliminarMuy buen escrito, profundo.
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