Marilyn Manson y la teatralidad grotesca de la masculinidad contemporánea
Hubo una época —finales de los noventa, comienzo del nuevo milenio cundo el internet se hacía masivo, los video juegos empezaron a ser violentos, la estética fue el escándalo y se incrementó el uso de antidepresivos— en que Estados Unidos necesitó fabricar un monstruo: no uno metafórico, sino visible, maquillado, ambiguo y excesivo. Un cuerpo sobre el cual proyectar el miedo suburbano, la ansiedad religiosa y el agotamiento moral de la cultura norteamericana. Ese monstruo apareció con un abrigo de cuero ennegrecido, un corsé ajustado hasta lo antinatural, una plataforma imposible de caminar, guantes brillantes, labios negros, ojos lechosos y una sonrisa de cadáver glamuroso: Marilyn Manson. La figura de Manson no emergió únicamente como producto del shock rock; surgió, más bien, como síntoma cultural. Su cuerpo —delgado hasta parecer enfermizo, sexualizado hasta la incomodidad, andrógino sin renunciar completamente a la masculinidad— irrumpió en una sociedad todavía organizada ...