La construcción del hombre nuevo como proyecto de subjetivación política: una reinterpretación del pensamiento de Ernesto Che Guevara desde la teoría política contemporánea
I. El problema olvidado de la teoría política: la producción del sujeto antes que la organización del Estado
Existe una tendencia persistente dentro de la historia de la teoría política que ha condicionado la manera en que solemos leer a sus autores fundamentales, con frecuencia se afirma que la filosofía política nace para explicar el origen del Estado, la legitimidad del poder o las formas del gobierno; sin embargo, una observación más detenida revela que esas cuestiones constituyen apenas el nivel visible de un problema mucho más profundo. Antes de preguntarse quién gobierna, bajo qué procedimientos se ejerce la autoridad o cuáles son los límites del poder soberano, la teoría política ha debido responder una cuestión previa cuya importancia resulta decisiva: ¿qué tipo de ser humano hace posible un determinado orden político? Ninguna arquitectura institucional puede sostenerse si presupone un sujeto incapaz de reconocer sus normas, ninguna constitución puede sobrevivir si no encuentra individuos dispuestos a interiorizar el universo simbólico que la legitima ni ninguna revolución puede consolidarse si los hombres continúan pensando, sintiendo y actuando conforme a la racionalidad del orden que pretende sustituir. La historia de la política es, por ello, inseparable de la historia de la producción de subjetividades.
Esta afirmación exige una revisión crítica de una tradición interpretativa que, especialmente desde el siglo XIX, privilegió el estudio de las instituciones por encima de la formación del sujeto. La consolidación del constitucionalismo moderno, el desarrollo de la teoría del Estado y la expansión de las ciencias sociales desplazaron progresivamente la atención hacia las estructuras jurídicas, los sistemas administrativos y las relaciones de poder objetivadas. El sujeto político apareció entonces como una categoría ya dada, casi natural: un individuo que ingresaba en el espacio público con una identidad previamente constituida. Sin embargo, esta presuposición resulta difícilmente sostenible cuando se examina la genealogía del pensamiento político occidental. Desde sus orígenes, la preocupación central de los grandes filósofos no consistió únicamente en diseñar instituciones; consistió, sobre todo, en imaginar la forma de humanidad que esas instituciones requerían para existir. La política, antes que una técnica de gobierno, fue concebida como una práctica de formación.
Resulta significativo, entonces, que la primera gran obra de filosofía política de Occidente no comience describiendo un régimen político, sino preguntándose por la justicia del alma. En La República, Platón construye la ciudad ideal estableciendo una analogía rigurosa entre el orden de la polis y el orden interior del individuo. La armonía política depende de la armonía de las facultades del alma, el gobierno de los filósofos encuentra su fundamento en un determinado proceso educativo, la estabilidad institucional no puede separarse de una pedagogía orientada a producir ciudadanos capaces de amar el bien común antes que el interés privado. La política aparece subordinada a la paideia, entendida como formación integral del sujeto. La ciudad justa no nace simplemente de un diseño constitucional acertado, nace de un proceso continuo de educación moral y filosófica. La pregunta por el gobierno se encuentra precedida por la pregunta acerca de quién debe llegar a ser el hombre.
Esta intuición reaparece, con matices diferentes, en Aristóteles. Cuando afirma que el ser humano es un zoon politikon, no está formulando una definición descriptiva, está proponiendo una tesis normativa acerca de la relación entre comunidad y realización humana. La polis no constituye un simple espacio de convivencia, representa el ámbito dentro del cual el individuo desarrolla las virtudes que le permiten alcanzar la eudaimonía. La ciudadanía, por consiguiente, no es únicamente un estatus jurídico, constituye una práctica ética. El legislador no gobierna exclusivamente mediante leyes, gobierna formando hábitos, orientando costumbres y cultivando disposiciones morales. El orden político descansa, nuevamente, sobre una determinada antropología: antes de existir un ciudadano, debe producirse una determinada forma de carácter.
Esta preocupación atraviesa la modernidad con renovada intensidad. El aparente realismo de Nicolás Maquiavelo no elimina el problema de la formación, simplemente modifica su contenido. La estabilidad de la república depende de la virtù de sus ciudadanos, el conflicto político solo puede transformarse en libertad cuando existe una cultura cívica capaz de sostenerlo. De manera semejante, el individuo descrito por Thomas Hobbes no constituye un dato empírico universal, representa una construcción filosófica que permite justificar la necesidad del soberano. El miedo, la autopreservación y el cálculo racional dejan de ser únicamente características psicológicas para convertirse en presupuestos de una determinada arquitectura institucional. Incluso allí donde parece fundarse exclusivamente sobre el contrato, el Estado moderno continúa descansando sobre una teoría del sujeto.
La misma lógica puede observarse en Jean-Jacques Rousseau, con frecuencia se recuerda El contrato social como una teoría de la soberanía popular; sin embargo, el problema que recorre toda la obra de Rousseau es otro: ¿cómo transformar al individuo particular en ciudadano? La voluntad general no emerge espontáneamente de la suma de intereses privados, exige un proceso de educación cívica mediante el cual los individuos aprendan a reconocerse como miembros de una comunidad política. La libertad republicana no consiste únicamente en obedecer leyes que uno mismo ha contribuido a crear, supone la formación de una sensibilidad política capaz de identificar el interés común como condición de la propia autonomía. La ciudadanía deja de ser una condición jurídica para convertirse en una práctica permanente de autotransformación.
Hasta este punto, la historia de la teoría política parece sugerir una conclusión provisional. Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Hobbes y Rousseau discrepan profundamente acerca del origen del poder, la naturaleza humana y las formas legítimas de gobierno; sin embargo, todos comparten una convicción fundamental: ningún orden político puede sostenerse sin producir el sujeto que lo hace posible. Esta coincidencia, lejos de constituir un detalle secundario, permite replantear la historia del pensamiento político desde una perspectiva diferente. Por ello, quizá el verdadero objeto de la filosofía política nunca haya sido exclusivamente el Estado sino haya sido, desde el comienzo, la producción histórica de la subjetividad.
Es precisamente en este punto donde la tradición marxista introduce una transformación decisiva del problema. Mientras la filosofía política clásica se interrogaba por las virtudes del ciudadano, el marxismo desplaza la discusión hacia las condiciones materiales que hacen posible determinadas formas de conciencia, con Marx, para hacer específicos, la producción del sujeto deja de entenderse prioritariamente como un problema pedagógico o moral y comienza a ser analizada como el resultado histórico de las relaciones sociales de producción. Sin embargo, esta transformación, lejos de clausurar el problema, abre una nueva pregunta cuya importancia será decisiva para comprender el pensamiento de Ernesto Che Guevara (Argentina, 1928 – Bolivia, 1967): si la conciencia se encuentra históricamente determinada por las condiciones materiales de existencia, ¿cómo puede una revolución producir un sujeto capaz de trascender precisamente esas condiciones? En el espacio abierto por esta interrogación se encuentra el verdadero punto de partida de la teoría de la subjetivación revolucionaria que proponemos desarrollar en las páginas siguientes. No se trata únicamente de interpretar el concepto guevarista del hombre nuevo; se trata de demostrar que, a través de él, emerge una de las reflexiones más complejas del pensamiento político latinoamericano sobre la relación entre poder, ética, educación y producción histórica de la conciencia. Ese será el problema que guiará el resto de nuestra investigación.
II. La revolución como producción de la conciencia: Ernesto Che Guevara frente al problema inconcluso del marxismo
Toda tradición intelectual posee un problema que la acompaña silenciosamente desde su origen. No siempre aparece formulado de manera explícita, con frecuencia permanece oculto detrás de conceptos más visibles, pero termina reapareciendo una y otra vez bajo formas distintas. En el caso del marxismo, ese problema puede formularse de la siguiente manera: ¿cómo llega una clase social objetivamente revolucionaria a convertirse en un sujeto político consciente de su propia misión histórica? La pregunta resulta decisiva porque introduce una fisura entre estructura y acción, entre posición económica y voluntad política, entre determinación histórica y conciencia revolucionaria. Desde sus primeros escritos, el marxismo sostuvo que el capitalismo genera las condiciones materiales de su propia superación; sin embargo, nunca pudo explicar de manera completamente satisfactoria el tránsito mediante el cual una contradicción económica se convierte en una voluntad colectiva capaz de transformar la historia.
Esta dificultad se encuentra ya insinuada en la obra de Karl Marx. La célebre afirmación según la cual «no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida social la que determina la conciencia» constituye uno de los principios fundamentales del materialismo histórico; no obstante, esta formulación plantea inmediatamente una dificultad teórica. Si la conciencia depende de las condiciones materiales de existencia, ¿cómo explicar la emergencia de una conciencia capaz de negar precisamente el orden social que la produjo? La historia demuestra que las crisis económicas, por sí mismas, no generan sujetos revolucionarios porque pueden producir resignación, apatía, nacionalismo o incluso adhesión a proyectos autoritarios. La contradicción estructural no conduce automáticamente a la emancipación porque entre la explotación objetiva y la acción política media un espacio que el propio Marx dejó apenas esbozado: el de la formación histórica de la conciencia.
Esta tensión fue advertida tempranamente por Georg Lukács, quien, en Historia y conciencia de clase (1923), sostuvo que el proletariado no debía entenderse únicamente como una categoría económica, sino como el sujeto capaz de adquirir conciencia de la totalidad histórica. Lukács introdujo así una distinción decisiva entre la existencia objetiva de una clase y su conciencia efectiva. La revolución no depende exclusivamente de la posición ocupada dentro del sistema productivo, depende también de un proceso de autoconocimiento mediante el cual la clase reconoce el significado histórico de su propia situación. Sin embargo, aunque esta formulación representa uno de los avances más importantes del marxismo occidental, deja sin resolver una cuestión fundamental: ¿cómo se produce esa conciencia? Lukács describe su necesidad filosófica, pero ofrece pocas herramientas para comprender los dispositivos sociales, culturales y pedagógicos que hacen posible su constitución.
La respuesta más influyente provino de Antonio Gramsci, su teoría de la hegemonía constituye, en muchos sentidos, un intento por resolver el vacío dejado por el determinismo económico. Para Gramsci, ninguna clase dirige una sociedad únicamente mediante el control del aparato coercitivo del Estado, necesita construir una dirección intelectual y moral que transforme sus intereses particulares en una visión compartida del mundo. La hegemonía implica la producción de consenso, la reorganización del sentido común y la creación de un nuevo horizonte cultural. La revolución deja entonces de depender exclusivamente del desarrollo de las fuerzas productivas y pasa a exigir una profunda reforma intelectual y moral. El problema de la conciencia abandona el terreno de la economía para instalarse en el de la cultura.
No obstante, incluso la teoría gramsciana mantiene una cierta indeterminación respecto del sujeto individual. La hegemonía explica cómo una visión del mundo alcanza legitimidad colectiva y cómo dicha visión transforma concretamente las prácticas cotidianas, las emociones, las disposiciones éticas y la experiencia personal de los individuos. Es precisamente en este punto donde el pensamiento de Ernesto Che Guevara adquiere una relevancia filosófica extraordinaria. Mientras buena parte del marxismo continúa concentrando su atención en las estructuras económicas o en la organización política, Guevara desplaza la discusión hacia un territorio mucho más íntimo y, por ello mismo, mucho más complejo: la constitución ética del sujeto revolucionario.
La originalidad de esta operación no debe subestimarse. En El socialismo y el hombre en Cuba (1965), Guevara sostiene que la construcción del socialismo exige, de manera simultánea, la construcción del hombre nuevo, esta afirmación suele interpretarse como una apelación moral; sin embargo, una lectura más detenida revela un alcance mucho mayor. El problema ya no consiste únicamente en transformar las relaciones de producción sino en modificar los mecanismos mediante los cuales los individuos perciben el trabajo, comprenden la solidaridad, experimentan el sacrificio y articulan sus intereses personales con el horizonte colectivo de la revolución. La ética deja de ocupar un lugar periférico dentro del marxismo para convertirse en el núcleo mismo de la transformación política.
Este desplazamiento supone una ruptura parcial con determinadas lecturas economicistas del materialismo histórico. Allí donde el marxismo ortodoxo esperaba que la nueva infraestructura produjera gradualmente nuevas formas de conciencia, Guevara sostiene que la conciencia debe construirse de manera simultánea al proceso revolucionario. No existe un tiempo histórico en el que primero cambie la economía y, posteriormente, aparezca un sujeto socialista, ambas transformaciones se condicionan recíprocamente. La revolución no constituye únicamente una reorganización de la producción; constituye, ante todo, una reorganización de la subjetividad.
Desde esta perspectiva, la noción de hombre nuevo adquiere un significado radicalmente distinto del que habitualmente le atribuye la literatura especializada. No designa un individuo moralmente superior ni una figura heroica destinada a encarnar las virtudes del socialismo. Designa un proceso histórico mediante el cual una comunidad política intenta producir nuevas formas de conciencia, nuevas disposiciones afectivas y nuevos criterios éticos capaces de sostener un orden emancipatorio. El sujeto revolucionario deja de ser un presupuesto de la revolución para convertirse en uno de sus principales resultados.
Sin embargo, esta formulación abre inmediatamente un problema que el propio Guevara no llegó a desarrollar de manera sistemática. Si la revolución pretende producir una nueva subjetividad, ¿cuáles son los mecanismos concretos mediante los cuales dicha producción se realiza? ¿Qué relación existe entre educación, trabajo voluntario, disciplina, ejemplaridad moral e instituciones políticas? ¿Dónde termina la emancipación y dónde comienza la normalización? Estas preguntas permanecen apenas insinuadas en los textos guevaristas, pero constituyen el verdadero punto de contacto entre su pensamiento y la teoría política contemporánea.
Es precisamente aquí donde la obra de Louis Althusser adquiere una importancia decisiva. Su teoría de la interpelación ideológica demostrará que los sujetos no existen previamente a las prácticas sociales, sino que son constituidos por ellas. Con Althusser, el problema de la conciencia deja de formularse exclusivamente en términos de clase y comienza a entenderse como un proceso permanente de constitución ideológica del individuo. Esta transformación conceptual abrirá el camino para las investigaciones de Michel Foucault sobre las tecnologías de subjetivación y permitirá replantear, desde una perspectiva inédita, el verdadero alcance del proyecto político formulado por Guevara. Será en ese diálogo —entre hegemonía, ideología, ética y subjetivación— donde comenzará a delinearse la categoría central de este estudio: la subjetivación revolucionaria como una forma específica de producción histórica del sujeto político.
III. La producción política del sujeto: entre la emancipación y la normalización
Si las dos secciones precedentes han permitido demostrar que la historia de la teoría política puede interpretarse como una historia de la formación del sujeto y que el pensamiento de Ernesto Che Guevara representa uno de los intentos más complejos por articular revolución y transformación de la conciencia, la cuestión que ahora emerge resulta considerablemente más problemática. Toda política que pretende producir una nueva subjetividad se enfrenta inevitablemente a una paradoja constitutiva: ¿es posible formar un sujeto libre mediante prácticas que necesariamente orientan, disciplinan y modelan su conducta? La pregunta no constituye una objeción exclusivamente dirigida al pensamiento guevarista; atraviesa, con distinta intensidad, toda la tradición emancipatoria moderna. Desde las pedagogías republicanas del siglo XVIII hasta los proyectos revolucionarios del siglo XX, la emancipación ha supuesto siempre algún tipo de intervención sobre los individuos. Ninguna comunidad política nace espontáneamente; toda comunidad educa, transmite valores, instituye normas y produce determinadas formas de experiencia. La dificultad consiste en determinar cuándo esa producción de subjetividad fortalece la autonomía y cuándo comienza a convertirse en un dispositivo de normalización.
Durante buena parte del siglo XX esta tensión permaneció relativamente oculta bajo el predominio de interpretaciones estructurales del poder. Tanto el marxismo clásico como las teorías institucionalistas tendieron a identificar el ejercicio del poder con la propiedad de los medios de producción, con la coerción estatal o con la autoridad jurídica. El individuo aparecía, en consecuencia, como el destinatario del poder más que como uno de sus productos. Será precisamente esta concepción la que Michel Foucault someterá a una de las críticas más profundas de la filosofía contemporánea. Su contribución no consiste simplemente en ampliar el concepto de poder; consiste en desplazar completamente el lugar desde donde el poder debe ser pensado. El poder deja de entenderse como una cosa que algunos poseen para convertirse en un conjunto de relaciones que producen saberes, cuerpos, identidades y formas de subjetividad.
La importancia de este desplazamiento resulta decisiva para comprender el problema del hombre nuevo. Si el sujeto no existe previamente a las relaciones sociales, sino que es producido por ellas, entonces la pregunta ya no puede formularse en términos exclusivamente morales. No se trata únicamente de saber qué valores debe poseer el revolucionario; se trata de analizar los dispositivos mediante los cuales dichos valores llegan a constituir una forma específica de existencia. La política deja de ser un espacio de representación para convertirse en un proceso permanente de producción antropológica. En esta perspectiva, el proyecto revolucionario formulado por Guevara deja de aparecer únicamente como un programa económico o como una estrategia insurreccional, emerge como una compleja tecnología de producción del sujeto político.
Sin embargo, identificar el hombre nuevo con una tecnología política no implica reducir el pensamiento guevarista a una forma de disciplinamiento, una lectura apresurada de Foucault conduciría fácilmente a esa conclusión. El problema es considerablemente más complejo. Las investigaciones foucaultianas sobre las disciplinas muestran que el poder moderno organiza el espacio, regula el tiempo, distribuye los cuerpos y normaliza las conductas mediante instituciones aparentemente destinadas al cuidado de los individuos: la escuela, el hospital, el cuartel o la prisión. En todas ellas el sujeto aprende a gobernarse a sí mismo porque previamente ha sido inscrito dentro de una determinada racionalidad política. El poder moderno no necesita imponerse únicamente mediante la violencia; opera, sobre todo, produciendo sujetos que interiorizan espontáneamente las normas que los gobiernan.
Esta observación obliga a releer críticamente el pensamiento de Guevara. El trabajo voluntario, la educación revolucionaria, la ejemplaridad moral y la disciplina colectiva constituyen, sin duda, prácticas orientadas a la formación de una nueva conciencia, pero, al mismo tiempo, representan mecanismos mediante los cuales la revolución busca reorganizar las formas de sensibilidad, redefinir los afectos legítimos y transformar los hábitos cotidianos de los individuos. La subjetividad revolucionaria no surge espontáneamente del entusiasmo político, requiere una intervención sistemática sobre la vida social. Desde una perspectiva foucaultiana, cabría afirmar que el hombre nuevo constituye también un efecto de prácticas de gobierno orientadas a producir determinadas modalidades de conducta.
No obstante, reducir esta constatación a una crítica de la revolución supondría desconocer uno de los aportes más importantes de la obra tardía de Foucault. A partir de sus investigaciones sobre las prácticas grecorromanas del cuidado de sí, el filósofo francés modifica parcialmente su propia concepción de la subjetivación. El sujeto no aparece ya únicamente como el resultado pasivo de dispositivos disciplinarios, puede también constituirse mediante prácticas reflexivas de autotransformación. La subjetivación deja de ser sinónimo de sometimiento para convertirse en un proceso abierto donde poder y libertad mantienen una relación permanentemente conflictiva, esta modificación resulta decisiva para nuestro argumento porque permite abandonar la falsa dicotomía entre emancipación y disciplina. Toda práctica emancipatoria supone formas de conducción de la conducta; por ello, la cuestión filosófica consiste en determinar bajo qué condiciones dichas prácticas amplían la capacidad de los sujetos para gobernarse a sí mismos en lugar de reducirla.
Es precisamente en este punto donde el pensamiento de Guevara adquiere una densidad teórica inesperada. A diferencia de las formas clásicas de disciplinamiento estatal, la transformación del hombre nuevo no se fundamenta únicamente en mecanismos institucionales de coerción, su núcleo reside en una ética del compromiso voluntario. El trabajo deja de ser una obligación económica para convertirse en una práctica de solidaridad, el sacrificio deja de ser una imposición externa para transformarse en una expresión consciente de responsabilidad colectiva y la disciplina deja de entenderse exclusivamente como obediencia para redefinirse como autodisciplina revolucionaria. El proyecto político pretende, entonces, desplazar progresivamente el principio regulador desde la vigilancia externa hacia la convicción ética interiorizada. Esta operación filosófica constituye, probablemente, una de las aportaciones más originales del pensamiento guevarista.
Sin embargo, esta misma originalidad revela su mayor fragilidad. La historia de los proyectos revolucionarios demuestra que la apelación permanente a la conciencia moral puede convertirse, bajo determinadas condiciones, en una fuente de nuevas formas de conformismo político. Allí donde la ejemplaridad revolucionaria se institucionaliza como criterio único de legitimidad, el riesgo de transformar la ética en ortodoxia resulta evidente. La tensión entre emancipación y normalización no desaparece, simplemente cambia de escenario. Ya no se expresa exclusivamente mediante la coerción jurídica, sino a través de la producción de modelos legítimos de conducta. La subjetividad revolucionaria puede convertirse, simultáneamente, en una forma de liberación y en un principio de exclusión para quienes no logran adecuarse a sus exigencias normativas.
Esta constatación permite formular la primera tesis original de la presente investigación. El concepto de hombre nuevo no debe interpretarse ni como una simple utopía moral ni como una mera tecnología disciplinaria. Ambas lecturas resultan insuficientes porque absolutizan uno de los polos del problema. Más bien, proponemos comprenderlo como una forma específica de subjetivación revolucionaria: un proceso histórico mediante el cual un proyecto político articula ética, educación, afectividad, trabajo, memoria colectiva e instituciones con el propósito de producir sujetos capaces de sostener una transformación emancipatoria. La subjetivación revolucionaria designa, por consiguiente, un campo de tensión permanente entre autonomía y conducción, entre libertad y disciplina, entre autoformación y regulación política. Es precisamente esa tensión —y no su supuesta resolución— la que constituye la verdadera originalidad filosófica del pensamiento de Ernesto Che Guevara.
La consecuencia teórica de esta interpretación resulta considerable. Si aceptamos que toda comunidad política produce sujetos y que toda producción de subjetividad implica inevitablemente relaciones de poder, entonces la pregunta ya no consiste en decidir si existe poder dentro de los proyectos emancipatorios, sino en establecer qué formas de poder hacen posible mayores niveles de autonomía democrática y cuáles, por el contrario, tienden a clausurar la pluralidad constitutiva de toda experiencia política. Esta cuestión desplaza definitivamente el debate desde la filosofía de la revolución hacia la teoría contemporánea de la hegemonía. Allí, en el diálogo entre Gramsci, Laclau, Mouffe y Dussel, la categoría de subjetivación revolucionaria podrá adquirir su formulación más completa y mostrar que el problema del hombre nuevo trasciende ampliamente la experiencia cubana para convertirse en una interrogación permanente acerca de la producción política de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas.
IV. La hegemonía como producción democrática de la subjetividad: de Gramsci a Laclau y Dussel
Si Michel Foucault obligó a la teoría política contemporánea a reconocer que toda forma de poder produce sujetos, el problema filosófico permanece lejos de resolverse. La genealogía foucaultiana describe con extraordinaria precisión los mecanismos mediante los cuales las sociedades modernas normalizan los cuerpos, organizan los discursos y constituyen identidades; sin embargo, deja abierta una cuestión que resulta decisiva para toda teoría de la emancipación: ¿es posible producir subjetividades políticas sin reproducir relaciones de dominación? La pregunta adquiere una relevancia particular cuando se examinan los proyectos revolucionarios del siglo XX. Si toda revolución necesita formar una nueva conciencia, educar nuevas generaciones y construir un nuevo horizonte ético, entonces toda revolución participa también de un proceso de producción de subjetividad. La dificultad consiste en determinar bajo qué condiciones ese proceso amplía la libertad colectiva y cuándo, por el contrario, termina cristalizando nuevas formas de autoridad.
Esta tensión encuentra una respuesta distinta en la obra de Antonio Gramsci. Mientras la tradición marxista había concebido la dominación principalmente como control de los aparatos estatales y Foucault había desplazado el análisis hacia las microfísicas del poder, Gramsci sitúa el problema en un espacio intermedio: la cultura. Su teoría de la hegemonía parte de una intuición que modificó profundamente la filosofía política del siglo XX: ninguna clase social puede ejercer una dirección histórica estable únicamente mediante la coerción. Todo poder duradero necesita ser reconocido como legítimo, necesita convertirse en sentido común y necesita transformar intereses particulares en principios universalmente aceptados. La hegemonía constituye precisamente ese proceso mediante el cual una determinada concepción del mundo logra organizar las prácticas, los valores y los imaginarios colectivos de una sociedad.
La originalidad de esta formulación reside en haber desplazado el problema de la dominación hacia la producción del consentimiento. Por ello, la hegemonía no consiste simplemente en convencer, implica reorganizar los marcos simbólicos desde los cuales los individuos interpretan la realidad. Las instituciones educativas, la producción cultural, el lenguaje cotidiano, las prácticas religiosas, la prensa y los espacios de sociabilidad participan simultáneamente en la construcción de aquello que Gramsci denomina una reforma intelectual y moral. La política deja entonces de identificarse exclusivamente con la competencia electoral o con el control del Estado, se convierte, ante todo, en una disputa permanente por la formación de la conciencia histórica.
Este desplazamiento permite releer el pensamiento de Ernesto Che Guevara desde una perspectiva distinta de la habitual. Tradicionalmente, la noción del hombre nuevo ha sido interpretada como un programa ético orientado a fortalecer la moral revolucionaria. Sin embargo, observada desde la teoría gramsciana de la hegemonía, esa categoría revela una dimensión mucho más compleja. El hombre nuevo constituye también una estrategia destinada a reorganizar el universo simbólico de la sociedad socialista. La ética revolucionaria, el trabajo voluntario, la solidaridad internacionalista, la crítica al individualismo y la educación política dejan de aparecer como simples valores morales para convertirse en mecanismos de construcción hegemónica. El proyecto revolucionario no pretende únicamente redistribuir la riqueza, aspira a redefinir aquello que una comunidad considera deseable, justo y legítimo.
No obstante, esta interpretación plantea inmediatamente un problema decisivo. En Gramsci, la hegemonía permanece vinculada a la dirección política ejercida por una clase histórica; en Guevara, el énfasis parece desplazarse hacia la transformación moral del individuo. La primera privilegia la dimensión colectiva del consenso; la segunda, insiste en la formación ética de la conciencia personal. Lejos de constituir una contradicción, ambas perspectivas pueden entenderse como momentos complementarios de un mismo proceso. Ninguna hegemonía puede consolidarse sin sujetos capaces de interiorizar sus valores; pero ninguna subjetividad revolucionaria puede mantenerse al margen de los procesos culturales mediante los cuales una comunidad organiza sus significados compartidos. La hegemonía produce sujetos y los sujetos reproducen la hegemonía.
Será precisamente esta relación dialéctica la que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe reformularán a finales del siglo XX. Su crítica al esencialismo marxista modifica radicalmente el concepto clásico de hegemonía. Para estos autores, las identidades políticas no preexisten al conflicto social; son el resultado de articulaciones contingentes mediante las cuales demandas heterogéneas llegan a constituirse como un proyecto común. Ningún sujeto histórico posee una esencia revolucionaria. Las identidades colectivas emergen de prácticas discursivas que producen equivalencias, construyen antagonismos y delimitan fronteras políticas. La hegemonía deja así de depender exclusivamente de una posición económica para convertirse en un proceso permanente de articulación simbólica.
Las consecuencias de esta reformulación resultan particularmente fecundas para el análisis del pensamiento guevarista. Si las identidades políticas son históricamente construidas, entonces el hombre nuevo no puede entenderse como la expresión de una naturaleza revolucionaria previamente existente. Constituye, por el contrario, una identidad política producida mediante prácticas educativas, experiencias colectivas, narrativas emancipatorias y formas específicas de organización social. La revolución deja de descubrir un sujeto oculto, participa activamente en su construcción. Esta lectura permite superar tanto el determinismo económico del marxismo clásico como las interpretaciones moralistas que reducen el hombre nuevo a una simple figura ejemplar.
Sin embargo, la teoría de la hegemonía todavía necesita responder una cuestión normativa. Si toda identidad política es el resultado de procesos de articulación contingente, ¿qué fundamento ético permite distinguir una hegemonía emancipadora de una hegemonía autoritaria?, es precisamente aquí donde la filosofía política de Enrique Dussel introduce un desplazamiento decisivo. Su ética de la liberación sostiene que la legitimidad del poder no puede derivarse exclusivamente de su eficacia institucional ni de su capacidad para construir consenso. Todo proyecto político debe ser evaluado desde la situación concreta de quienes permanecen excluidos de la comunidad de reconocimiento. La política encuentra su fundamento último en la responsabilidad frente al otro, especialmente frente a las víctimas de las estructuras de dominación.
Esta perspectiva modifica profundamente la discusión desarrollada hasta ahora. La subjetivación revolucionaria ya no puede definirse únicamente como la producción de un sujeto comprometido con la revolución sino debe entenderse como un proceso mediante el cual la formación ética, la construcción hegemónica y las instituciones democráticas amplían efectivamente la capacidad de los individuos para participar en la producción de lo común. La revolución deja de medirse exclusivamente por su éxito militar o económico sino comienza a evaluarse por la calidad de las subjetividades políticas que logra producir. La emancipación no consiste únicamente en cambiar el orden social, consiste en crear sujetos capaces de sostener críticamente ese nuevo orden sin convertirlo en una verdad incuestionable.
Desde esta perspectiva, el pensamiento de Guevara adquiere una dimensión que trasciende ampliamente el contexto de la Revolución Cubana. El hombre nuevo aparece como una de las formulaciones más ambiciosas del siglo XX acerca de la relación entre ética, educación y política. Sin embargo, su verdadero aporte no reside en haber descrito las virtudes del revolucionario ideal, sino en haber planteado —aunque de manera fragmentaria— una pregunta que continúa interpelando a la teoría política contemporánea: ¿cómo puede una comunidad democrática producir sujetos emancipados sin clausurar la pluralidad que hace posible la propia democracia?
Es precisamente esta interrogación la que permite formular el núcleo teórico de la presente investigación. Proponemos comprender la subjetivación revolucionaria no como un modelo acabado de formación ideológica, sino como un proceso abierto de articulación entre ética, hegemonía, reconocimiento, educación y participación política, orientado a producir ciudadanos capaces de transformar críticamente las condiciones históricas de su existencia sin renunciar a la deliberación democrática ni a la pluralidad constitutiva del espacio público. Esta categoría, construida en el diálogo entre Marx, Gramsci, Guevara, Foucault, Laclau, Mouffe y Dussel, constituye el principal aporte conceptual de este trabajo. No obstante, toda categoría filosófica requiere un grado adicional de sistematicidad. Por ello, en la siguiente sección abandonaremos progresivamente el terreno de la exégesis para desarrollar una teoría propia: la teoría de la subjetivación revolucionaria, formulada como una contribución original al debate contemporáneo sobre la producción política de los sujetos y los límites éticos de los proyectos emancipatorios.
V. Hacia una teoría de la subjetivación revolucionaria: fundamentos para una nueva categoría de la teoría política contemporánea
La reconstrucción genealógica desarrollada en las páginas precedentes permite advertir que el problema central de esta investigación no reside únicamente en reinterpretar el pensamiento de Ernesto Che Guevara, ni tampoco en establecer un diálogo entre las diversas tradiciones de la teoría política contemporánea. Su propósito resulta considerablemente más ambicioso: demostrar que la categoría del hombre nuevo, leída críticamente desde el marxismo occidental, la teoría de la hegemonía, la filosofía foucaultiana y la ética latinoamericana de la liberación, contiene los elementos suficientes para formular una categoría autónoma de análisis político capaz de explicar un fenómeno que la teoría contemporánea todavía no ha conceptualizado de manera sistemática. Nos referimos a la subjetivación revolucionaria.
La necesidad de esta nueva categoría responde a una insuficiencia observable en buena parte de la literatura especializada. Las teorías clásicas del Estado han privilegiado la organización institucional del poder, la tradición marxista concentró su atención en las contradicciones estructurales del capitalismo, las investigaciones foucaultianas describieron con extraordinaria precisión los dispositivos modernos de normalización y las teorías de la hegemonía analizaron los procesos de construcción discursiva del consenso; mientras que las éticas de la liberación enfatizaron la dimensión normativa de la emancipación. Cada una de estas perspectivas iluminó aspectos fundamentales de la realidad política; sin embargo, ninguna consiguió integrar de manera simultánea los procesos mediante los cuales una comunidad histórica produce sujetos capaces de sostener un proyecto emancipatorio articulando economía, ética, cultura, educación, afectividad e instituciones. El vacío permanece abierto precisamente porque cada tradición privilegió uno de los niveles del problema y relegó los demás.
La teoría de la subjetivación revolucionaria pretende responder a esta fragmentación conceptual. Proponemos definirla como el proceso histórico, ético, pedagógico, afectivo e institucional mediante el cual un proyecto político busca producir sujetos capaces de reconocer, reproducir y transformar críticamente un horizonte común de emancipación. Esta definición implica un desplazamiento significativo respecto de las categorías tradicionalmente empleadas por la teoría política. No se trata únicamente de explicar cómo se ejerce el poder ni cómo se constituye la hegemonía, se trata de comprender cómo determinadas prácticas sociales llegan a configurar formas específicas de sensibilidad, de memoria, de imaginación política y de responsabilidad colectiva.
Esta formulación exige abandonar definitivamente una comprensión reduccionista de la subjetividad. Durante largo tiempo, la teoría política osciló entre dos posiciones igualmente insuficientes. La primera concibió al sujeto como una entidad autónoma, racional y previamente constituida que ingresaba al espacio político conservando intacta su identidad. La segunda interpretó la subjetividad como un simple efecto de las estructuras económicas o de los dispositivos de poder. Ninguna de estas perspectivas logra explicar satisfactoriamente la complejidad de los procesos históricos mediante los cuales los individuos se convierten en actores políticos. El sujeto no preexiste a la historia, tampoco constituye un producto completamente pasivo de las relaciones sociales. Se configura dentro de una interacción permanente entre estructuras, instituciones, experiencias, afectos, narrativas y prácticas colectivas. La subjetivación revolucionaria, por lo tanto, designa precisamente ese espacio intermedio donde la historia y la acción se constituyen mutuamente.
Desde esta perspectiva, el pensamiento de Ernesto Che Guevara adquiere una relevancia que trasciende ampliamente el contexto de la Revolución Cubana. Su reflexión sobre el hombre nuevo puede entenderse como una de las primeras formulaciones latinoamericanas de una teoría política centrada en la producción ética del sujeto. Sin embargo, su principal aporte no consiste en ofrecer un modelo acabado de ciudadano revolucionario, sino en haber comprendido que ninguna transformación estructural puede consolidarse sin una transformación simultánea de los imaginarios colectivos, de los hábitos cotidianos y de las disposiciones morales que organizan la vida común. La revolución deja entonces de identificarse exclusivamente con la toma del poder estatal sino a concebirse como un proceso continuo de reconstrucción antropológica.
No obstante, esta investigación sostiene que la intuición guevarista requiere una profunda reformulación para dialogar críticamente con las condiciones de las democracias contemporáneas. La historia del siglo XX demuestra que todo proyecto orientado a producir un sujeto político corre el riesgo de convertirse en un mecanismo de homogeneización ideológica cuando identifica la unidad con la uniformidad, la disciplina con la obediencia o la conciencia con la adhesión incuestionable a una verdad oficial. La subjetivación revolucionaria, tal como aquí se propone, no persigue la fabricación de identidades cerradas ni la supresión del conflicto democrático. Su finalidad consiste en fortalecer la capacidad crítica de los sujetos para participar activamente en la construcción y permanente revisión del orden político. La emancipación deja de entenderse como un estado definitivo de la historia para convertirse en una práctica ininterrumpida de autotransformación colectiva.
Esta diferencia resulta decisiva porque modifica el propio concepto de revolución. Tradicionalmente, las revoluciones fueron definidas por la conquista del poder, la transformación del Estado o la sustitución de un modo de producción por otro. Tales dimensiones continúan siendo relevantes; sin embargo, resultan insuficientes para comprender la complejidad de las sociedades contemporáneas. La revolución puede entenderse, desde la teoría aquí desarrollada, como un proceso permanente de reorganización de las condiciones materiales y simbólicas mediante las cuales una comunidad produce sujetos políticamente autónomos. El centro de gravedad deja de situarse exclusivamente en el Estado y se desplaza hacia las formas de vida que hacen posible la democracia, la solidaridad y la deliberación pública.
En consecuencia, proponemos que la teoría de la subjetivación revolucionaria descanse sobre seis principios fundamentales que delimitan su campo conceptual y orientan futuras investigaciones:
Primer principio: la historicidad de la subjetividad. Ningún sujeto político constituye una realidad natural o transhistórica. Toda identidad se configura dentro de relaciones históricas específicas y permanece abierta a procesos permanentes de transformación.
Segundo principio: la centralidad de la ética pública. La formación política no puede reducirse a la transmisión de conocimientos ni a la reproducción de ideologías. Supone el cultivo de disposiciones éticas que permitan reconocer al otro como condición constitutiva de la vida democrática.
Tercer principio: la articulación entre hegemonía y pluralidad. Toda comunidad necesita construir horizontes compartidos de sentido; sin embargo, dichos horizontes solo conservan legitimidad cuando permanecen abiertos al disenso, la crítica y la revisión permanente.
Cuarto principio: la dimensión pedagógica de la política. Ningún proyecto emancipatorio puede consolidarse prescindiendo de procesos educativos capaces de desarrollar pensamiento crítico, memoria histórica y responsabilidad colectiva.
Quinto principio: la afectividad como categoría política. Las emociones, los vínculos de solidaridad, las memorias compartidas y las experiencias de reconocimiento no constituyen elementos accesorios de la acción colectiva; forman parte de las condiciones mismas de posibilidad de toda subjetivación política.
Sexto principio: la reflexividad democrática. Toda política de emancipación debe incorporar mecanismos permanentes de autocrítica institucional que impidan la transformación de sus propios ideales en formas de dominación.
Estos principios permiten comprender que la subjetivación revolucionaria no describe exclusivamente la experiencia cubana ni pretende erigirse como una teoría normativa cerrada. Constituye, más bien, una herramienta analítica para estudiar los diversos procesos mediante los cuales las comunidades políticas producen ciudadanos, identidades colectivas y horizontes de transformación histórica. Su utilidad trasciende el pensamiento de Guevara y abre un campo de investigación aplicable al estudio de movimientos sociales, procesos constituyentes, pedagogías críticas, políticas de la memoria y experiencias democráticas contemporáneas.
Llegados a este punto, la figura de Ernesto Che Guevara deja de ocupar el centro del análisis para convertirse en aquello que toda gran tradición filosófica termina siendo: un interlocutor. El propósito de este trabajo nunca consistió en canonizar su pensamiento ni en refutarlo, sino en demostrar que sus intuiciones acerca de la formación del sujeto revolucionario contienen un potencial teórico que todavía no ha sido plenamente explorado. La categoría de subjetivación revolucionaria constituye, en este sentido, un intento por prolongar ese diálogo hacia los debates contemporáneos sobre democracia, hegemonía, poder y emancipación. Su valor no dependerá de la fidelidad con que reproduzca las tesis de Guevara, sino de su capacidad para ofrecer nuevas herramientas conceptuales con las cuales comprender la permanente pregunta que atraviesa toda la filosofía política desde Platón hasta nuestros días: ¿cómo se forman los sujetos que hacen posible una comunidad política y bajo qué condiciones esa formación puede ser verdaderamente emancipadora?
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