Circulación de las élites y teoría de los residuos en Vilfredo Pareto: una relectura crítica interdisciplinaria entre política, ética y filosofía
X Josué Barrón
Hay teorías que prometen
explicar el cambio; otras, más inquietantes, parecen explicar por qué el cambio
nunca es tan profundo como creemos. La formulación de la circulación de las
élites por parte de Vilfredo Pareto (París, 15 de julio de 1848-Céligny, 19 de
agosto de 1923) —idea desarrollada en su texto Trattato di sociologia generale
(1916)— pertenece a este segundo grupo: no describe revoluciones redentoras, ni
progresos lineales, ni emancipaciones definitivas; describe, más bien, una
persistencia —una lógica recurrente— en la que el poder no desaparece, sino que
se transforma, se desplaza, se reorganiza. Y es precisamente en esta
incomodidad —en esta tensión entre lo que la política promete y lo que
realmente produce— donde su teoría adquiere una densidad analítica que aún
interpela al pensamiento contemporáneo.
Pareto parte de una
premisa que, aunque aparentemente simple, encierra una profunda radicalidad:
toda sociedad está gobernada por una minoría —una élite— mientras la mayoría
permanece en una posición subordinada. Sin embargo, el verdadero núcleo de su
pensamiento no reside en esta constatación, como una gran mayoría de lectores
afirma, sino en el movimiento que introduce: “la élite no es fija, no es
inmutable; circula”. Es decir, las élites se desgastan, pierden eficacia, se
vuelven incapaces de sostener su dominio, y son reemplazadas por nuevas élites
emergentes que, en su ascenso, reproducen —aunque bajo formas distintas— las
mismas estructuras de poder. Así, la historia deja de ser un proceso de
superación para convertirse en una sucesión; deja de ser una narrativa de
progreso para devenir en una dinámica de sustituciones.
Este mecanismo no puede
comprenderse plenamente sin atender a uno de los conceptos más complejos —y
también más problemáticos— de Pareto: los “residuos”. Para el autor, las
acciones humanas no están guiadas fundamentalmente por la razón, sino por
impulsos no lógicos, constantes psicológicas que operan por debajo del discurso
consciente. Las ideologías, en este esquema, no son motores del comportamiento
político, sino justificaciones posteriores —derivaciones— que otorgan
apariencia de racionalidad a decisiones que, en su origen, responden a emociones,
instintos o intereses. Esta afirmación —que podría parecer excesiva o incluso
reductiva— constituye, sin embargo, una crítica profunda a la tradición
ilustrada y a su confianza en la racionalidad como fundamento de la vida
política que representaba Voltaire, Montesquieu y Rousseau—defensores de la
libertad del pensamiento, la división de poderes y la soberanía popular.
En este punto, la teoría
paretiana entra en diálogo —y en conflicto— con otros grandes pensadores
monumental que, considero, el principal motivo de su poca repercusión en
estudios posteriores hacia su obra. Mientras Karl Marx concibe la historia como
una lucha de clases orientada hacia la superación de la dominación, Pareto
niega la posibilidad misma de dicha superación; para él, no hay fin de la
historia en clave emancipatoria, sino una reiteración estructural del poder.
Por su parte, Max Weber introduce la noción de legitimidad como elemento
central del dominio político, sugiriendo que el poder requiere justificación
para sostenerse; Pareto, en cambio, parece invertir esta relación: la
legitimidad no funda el poder, sino que lo recubre, lo racionaliza, lo
disfraza. Incluso en relación con Antonio Gramsci, quien subraya la importancia
de la hegemonía cultural, puede advertirse una diferencia significativa: donde
Gramsci ve una construcción activa de consenso, Pareto detecta la expresión de
impulsos más profundos, menos conscientes, menos controlables.
Ahora bien, esta
concepción del poder tiene implicaciones éticas que no pueden ser ignoradas. Si
la política está determinada por residuos no racionales y si la circulación de
élites es inevitable, entonces —¿qué lugar queda para la justicia, para la
deliberación, para la transformación normativa de la sociedad?—. La teoría de
Pareto, en su pretensión descriptiva, parece suspender el juicio moral; sin
embargo, esta suspensión no es neutral, pues corre el riesgo de naturalizar la
desigualdad, de convertir en necesidad lo que podría ser contingente. Frente a
ello, la tradición filosófica normativa —desde Immanuel Kant hasta John Rawls—
insiste en que “la política no solo debe ser explicada, sino también evaluada;
no basta con comprender cómo funciona el poder, es necesario preguntarse cómo
debería funcionar”.
Sin embargo, descartar a
Pareto por su aparente cinismo sería, quizás, una simplificación apresurada. Su
teoría, más que ofrecer una verdad definitiva, introduce una sospecha —una
advertencia— que resulta particularmente relevante en el contexto contemporáneo
y un motivo para volver a analizar acontecimientos desde su perspectiva. En un
mundo donde los discursos políticos apelan constantemente al cambio, a la
renovación, a la ruptura con el pasado, la idea de que las élites simplemente
se transforman —que el poder se reconfigura sin desaparecer— obliga a
reconsiderar la profundidad real de dichas transformaciones. Por ello, es
plausible sostener que la vigencia de Pareto radica precisamente en su
capacidad para cuestionar narrativas de cambio que, en muchos casos, encubren
continuidades estructurales; esta interpretación se basa en análisis teóricos
comparados, no en una verificación empírica universal.
Así, “la teoría de la
circulación de las élites” no debe ser entendida como una ley inmutable, sino
como una herramienta crítica; no como una descripción cerrada de la realidad,
sino como una invitación a problematizarla. Su valor no reside en afirmar que
nada cambia, sino en obligarnos a preguntar —con mayor rigor, con mayor
cautela— qué significa realmente el cambio político. Y en esa pregunta,
abierta, incómoda, persistente, se encuentra quizá su mayor legado: recordarnos
que el poder, incluso cuando se disfraza de novedad, conserva una notable
capacidad para reproducirse; y que comprender esa capacidad es un paso
necesario —aunque no suficiente— para imaginar formas distintas de organización
social.
Pero lo afirmado en
líneas anteriores no nos puede llegar a concluir la brillantes de su reflexión sobre
el poder y su “supuesta dinámica” por el solo hecho que existe algo
profundamente incómodo —y quizá por eso persistente— en la teoría de la
circulación de las élites de Vilfredo Pareto que nos obnubila y hemos explicado
al detalle: detrás de cada promesa de cambio político, de cada revolución o
reforma, no hay una ruptura definitiva, sino una sustitución; no una
emancipación, sino una reorganización del poder. Sin embargo, cuando se la
examina con detenimiento —cuando se la somete al contraste con otras
tradiciones del pensamiento político—, esta misma teoría revela fisuras
importantes; limitaciones que no solo reducen su alcance explicativo, sino que
también plantean preguntas inquietantes sobre su trasfondo ético y filosófico
que nos ayudará, seguramente, a reforzar algunas ideas no desarrolladas por el
polímata italiano.
Pareto parte de una
intuición poderosa: toda sociedad está gobernada por una minoría, una élite
que, con el tiempo, se desgasta y es reemplazada por otra. Esta idea, en
apariencia descriptiva, adquiere un tono más problemático cuando se formula
como una constante histórica casi inevitable. En ese punto, su pensamiento roza
lo que podría llamarse “un determinismo elitista”: la noción de que no hay
salida estructural a la concentración del poder. El problema se profundiza cuando se examina el
concepto de “residuos”, ese núcleo no racional que, según Pareto, impulsa la
acción humana. La política, en esta perspectiva, no es tanto el resultado de
deliberaciones conscientes como de impulsos subyacentes que luego son
recubiertos por ideologías —las llamadas “derivaciones”—. La idea tiene un
atractivo indudable; anticipa, de algún modo, sospechas posteriores sobre la
racionalidad, desde Friedrich Nietzsche hasta Sigmund Freud. Pero también
encierra un riesgo: el de reducir fenómenos complejos —instituciones, culturas
políticas, estructuras económicas— a una psicología subyacente que resulta
difícil de precisar y aún más de comprobar. En este punto, la comparación con
Max Weber resulta esclarecedora. Weber no niega la irracionalidad, pero la
sitúa dentro de un marco más amplio de acción social, donde coexisten distintos
tipos de racionalidad y donde la legitimidad del poder ocupa un lugar central.
Pareto, en cambio, parece desconfiar de la legitimidad misma, tratándola como
una suerte de fachada; un relato que encubre motivaciones más profundas. La
diferencia es sutil pero decisiva: Weber intenta comprender cómo el poder se
justifica; Pareto, cómo se disfraza, como ya hemos afirmando párrafos anteriores.
Esa desconfianza hacia la
razón tiene consecuencias que van más allá del análisis sociológico y entran de
lleno en el terreno ético. Si las ideologías son meras racionalizaciones y si
las élites son inevitables, entonces la política deja de ser un espacio donde
puedan plantearse seriamente preguntas sobre la justicia. Aquí es donde la
teoría de Pareto se distancia radicalmente de tradiciones como la de Immanuel
Kant o John Rawls, para quienes “la política no puede desligarse de principios
normativos”. En Pareto, en cambio, la descripción parece sustituir a la
evaluación; comprender el poder equivale, en cierta medida, a aceptarlo. Y
aunque esta postura pueda defenderse como un intento de objetividad, también
puede interpretarse como una renuncia a la crítica como un acto involuntario.
Hay, además, una
dificultad más técnica —pero no menos significativa— en su teoría: la
ambigüedad de sus propios conceptos. Los “residuos”, que ocupan un lugar
central en su explicación, no son fácilmente observables ni medibles. No existe
un consenso claro sobre cómo operacionalizar empíricamente estos conceptos;
esta afirmación se basa en discusiones académicas generales, no en una única
fuente concluyente. Lo que en el plano teórico aparece como una intuición
brillante, en el plano metodológico se vuelve esquivo, casi elusivo. Y esto
limita su capacidad para dialogar con enfoques más empíricos de la ciencia
política contemporánea.
Quizá, considero principalmente,
la crítica más persistente, sin embargo, no sea metodológica ni conceptual,
sino política. Al presentar la circulación de élites como una constante inevitable,
la teoría de Pareto corre el riesgo de convertirse en una especie de profecía
resignada: si siempre habrá élites, si siempre dominarán unos pocos, entonces ¿para
qué intentar cambiar el rumbo humano? Algunos intérpretes han visto en esta
idea un potencial uso conservador, en la medida en que podría desincentivar
proyectos de transformación profunda; esta lectura, sin embargo, depende de
interpretaciones y no necesariamente de una intención explícita del autor. Aun
así, la inquietud permanece en mi análisis: una teoría que describe el poder
sin ofrecer herramientas para cuestionarlo puede terminar, involuntariamente,
legitimándolo.
Pero, sin embargo, sería
un error descartar a Pareto por completo. Su escepticismo, llevado al extremo,
puede resultar limitante; pero su capacidad para señalar las continuidades
ocultas bajo los discursos de cambio sigue siendo valiosa. En un mundo donde
cada generación proclama su ruptura con el pasado, la idea de que las élites
simplemente se transforman —que el poder se adapta, se reconfigura, se
disfraza— actúa como una advertencia necesaria. No como una verdad definitiva,
sino como una sospecha que obliga a mirar con más atención.
Tal vez esa sea, en
última instancia, la mejor manera de leer a Vilfredo Pareto: no como un profeta
del inmovilismo, sino como un observador incómodo; alguien que, al insistir en
la persistencia del poder, nos recuerda que el cambio político —cuando ocurre—
debe ser examinado con cautela, con escepticismo y, sobre todo, con la
disposición de no confundir la renovación de las élites con la transformación
de la sociedad.
Referencias
Pareto, V. (1968).
Trattato di sociologia generale.
Karl Marx, K. (1867). El
capital.
Max Weber, M. (1922).
Economía y sociedad.
Gaetano Mosca, G. (1939).
La clase política.
Immanuel Kant, I. (1785).
Fundamentación de la metafísica de las costumbres.
John Rawls, J. (1971). A
Theory of Justice.
Friedrich Nietzsche, F.
(1887). La genealogía de la moral.
Sigmund Freud, S. (1923).
El yo y el ello.
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